Reivindicación del concepto de COMPAÑERO

26 febrero 2009

Fuente: Real Academia Española

compañero, ra.peron-balbin
(De compaña).

1. m. y f. Persona que se acompaña con otra para algún fin.
2. m. y f. Cada uno de los individuos de que se compone un cuerpo o una comunidad, como un cabildo, un colegio, etc.
3. m. y f. En varios juegos, cada uno de los jugadores que se unen y ayudan contra los otros.
4. m. y f. Persona que tiene o corre una misma suerte o fortuna con otra.

¿Por qué tanta reticencia a una palabra tan noble?
¿Por qué esa actitud de “cola de paja” al rechazarla por verla vinculada con uno u otro partido o doctrina?

A diferencia de “amigo”, compañero tiene otro significante:
un compañero (de lo que sea) no es necesariamente un AMIGO, conocido de toda la vida, familiar u otros.
Un compañero está vinculado a nosotros por un fin común, un objetivo que nos iguala e identifica.
Un compañero es eso, ni más ni menos.

[j.A.f]

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Argentinos sí, Zonzos no

26 febrero 2009

San Jauretche

Seguramente alguna vez un abuelo piola, pariente o persona adulta nos dijo “¡eh…pero no seas zonzo, haceme el favor querés!”.

Ahora bien, ¿qué significa ser zonzo? ¿Qué es una zoncera?

Siguiendo el enunciado ilustrativo del principio, podría tomárselo en sinonimia a “tonto”, “atolondrado” (un adj. que es de mis preferidos), “ingenuo”, “torpe” y demás des-calificativos.

Podrán decir: ¿cómo se aplica esta no-cualidad a un contexto socio-político? ¿Por qué se escribe sobre algo tan ingenuo e inofensivo en un contexto relacionado con lo político, el debate de ideas, con lo Nacional y el Bien común?

A mi juicio, nada más importante en la historia de nuestras desventuras o derrotas políticas, sociales (y si se quiere morales) que el carácter zonzo, desafortunada e intencionalmente incorporado a nuestro contexto social.

Cualquiera que haya seguido leyendo hasta aquí sabrá que la idea de utilizar este concepto no es novedosa ni pertenece a mi autoría: viene traído, macerado y si se quiere admirado de las ideas de Don Arturo Jauretche1, en especial de su obra Manual de Zonceras Argentinas.

Ahora bien, volviendo a qué significa ser zonzo: las palabras a las cuales le atribuí antes el carácter de sinónimo parecerían dar a la idea de zonzo el rasgo de nada más que ingenuo (o si quieren un expresión foránea, naïf). Pero claramente, un zonzo no es solamente un tipo ingenuo (si fuera nada más que esto, no sería un problema).
            Cito:

“Las zonceras que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia -y en dosis para adultos- con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido…”

Préstese atención a las palabras resaltadas: los principios introducidos hacen notar la influencia de un factor externo (externo en el sentido de foráneo o externo en el sentido otro -compatriota- infestado de colonialismo); este factor es lo que hace dotar a las zonceras del carácter axiomático, de ser incuestionables, dadas por supuestas y de responder al orden de lo establecido (a la realidad cotidiana).2

Esto deviene en una consecuencia que a continuación cito:

 “A medida que usted vaya leyendo algunas, se irá sorprendiendo, como yo oportunamente, de haberlas oído, y hasta repetido, innumerables veces, sin reflexionar sobre ellas y, lo que es peor, pensando desde ellas.”

Ese pensar desde ellas es lo que nos impide lograr la aplicación del buen sentido (resaltado anteriormente): no impide poder llevar a los hechos, contrastar y preguntarnos acerca del por qué de las cosas. Nos impide usar nuestro tan preciado S.C. (sentido común) que tanta falta nos haría para confrontar las punzantes amenazas anti-patria y contrapuestas a los intereses de las mayorías populares.

(Se me vienen a la cabeza dos frases muy célebres de otro grande, Raúl Scalabrini Ortiz3, que viene al caso para ilustrar ese engaño que nos imponen):

“Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarle.”

“Todo lo que nos rodea es falso e irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo, es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera”.

Luego de semejantes frases y conclusiones, creo que lo que este humilde autor puede aportar es bastante poco; la idea de traer a estos grandes debates (propios de un CLUB con todas las letras) es hacer, si se quiere, una autocrítica, un mea culpa o una actividad reflexiva acerca de estos enunciados, estas zonceras que sistemáticamente se nos van imponiendo. Lo terrible es, justamente, que se nos siguen imponiendo (ya que si fueran estáticas con el solo hecho de leer el libro citado ya estaríamos salvados).  

A mi juicio, la única herramienta que tenemos es seguir aportando nuestra reflexión en pos de desenmascarar cada una de las nuevas zonceras que nos quieran introducir.

Aquí otra cita para reflexionar:

“Las zonceras no se enseñan como una asignatura. Están dispersamente introducidas en todas y hay que irlas entresacando… se apoyan y se complementan unas con otras, pues la pedagogía colonialista no es otra cosa que un puzzle de zonceras. …de la comprobación aislada de cada zoncera llegaremos por inducción -del fenómeno a la ley que lo rige- a comprobar que se trata de un sistema, de elementos de una pedagogía, destinada a impedir que el pensamiento nacional se elabore desde los hechos, es decir desde las comprobaciones del buen sentido.” (Aquí refiere a esa imposibilidad que se nos impone que antes mencioné).

            Retomo la idea, para ir terminando, de no ver al zonzo como un mero ingenuo o tonto: la mayoría de los que administran estas pedagogías no son zonzos congénitos. Por el contrario, son excesivamente vivos ya que ofician de eso y conocen a la perfección las consecuencias y fines que las zonceras que administran traerán. Esto, por acción; no olvidemos que muchos, por omisión, al descubrir la zoncera no quieren enterarse o salir ellos mismos a la luz. Ocurre, creo yo, que a raíz de una suerte de mecanismo defensivo comprenden que al desenmascararse esa mentira estructural se derrumbarían esas bases a las cuales aluden la fuente de sus sabidurías y prestigio (lo más apreciado y cuidado de la cultura mediopelense). De uno u otro modo, por acción u omisión, la consecuencia es la misma; ilustro aquí el ejemplo del hacedor de “la madre que las parió” a todas las zonceras mostrando que este nefasto “prócer” no era ningún tonto al momento de exclamar “Civilización y Barbarie”

“…Todo hecho propio por serlo, era bárbaro y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar.”

***

¿Cómo luchar contra cientos de años de inculcación e imposición de semejantes y tremendas barbaridades y disparates?

¿Cómo, desde nuestra humilde posición, hacer valer ese S.C. para poder demostrar la invalidez y el carácter nefasto de estas premisas?

Dejo otra cita (a ver si sirve a la causa):

“Descubrir las zonceras que llevamos adentro es un acto de liberación: es como sacar un entripado valiéndose de un antiácido, pues hay cierta analogía entre la indigestión alimenticia y la intelectual. Es algo así como confesarse o someterse al psicoanálisis -que son modos de vomitar entripados-, y siendo uno el propio confesor o psicoanalista”.

        Como mencioné antes al pasar, nuestra única arma es investigar, preguntar, desconfiar, molestar e indagar sobre ciertos estamentos de lo que la sociedad da por establecido. Ya es hora, a mi juicio, de que los dogmas y totalitarismos intelectuales sean derrumbados en pos de un conocimiento al servicio de la sociedad y del pueblo todo.

            A no olvidar que “en cuanto el zonzo analiza la zoncera, deja de ser zonzo.”

(No analizarlas, no preguntarnos acerca de ellas nos hace serlo)

 

 

Julián Agustín Ferreyra

[j.A.f]

 

Notas.

 

  1. Semejante tipo no se merece que ponga en su nombre un link a Wikipedia para saber quién era. Regálenle una búsqueda un poco más seria y -copada-.

 

  1. Acentuar tanto el hecho de lo impuesto, de lo no-movible viene a destacar un carácter propio de la zoncera, que es que su fuerza no está en la argumentación; justamente excluyen la argumentación ya que se pretende que no haya discusión.

 

Consultar:

 

  • El Medio Pelo en la Sociedad Argentina y Manual de Zonceras Argentinas

(A. Jauretche)

 

  • El hombre que está solo y espera y Política británica en el Río de la Plata

(R. Scalabrini Ortiz)


Marxistas Argentinos (según J.P. Feinmann)

18 febrero 2009

 o en palabras de Jauretche (acerca de los marxistas argentinos): “mal socialismo; buen mitro-sarmientismo”


El Trayecto

18 febrero 2009

 Me dispongo a entrar. Me tambaleo, casi me desplomo por no sujetarme.

Por no sujetarme a este extraño y peculiar sitio. Ya aferrado me alarmo, me aterro.

Gente desconocida me rodea, me acechan como un cazador a su presa.

 

Estos extraños seres son diferentes entre sí: están los que han pasado cómodamente las seis décadas; están los que aún no caminan, que son ayudados por otros, parecidos a ellos, pero de mayor edad; están los que disfrutan de sonidos imperceptibles para mí, salidos de extraños artefactos que están conectados como cables a sus oídos; hay algunos que miran sus relojes compulsivamente como si al ver las agujas sufrieran, me río de ellos, ¿cómo un aparato tan noble como un reloj puede causarles pena?; hay otros extraños individuos que a pesar de los salvajes movimientos tratan de conciliar el sueño, de cerrar sus ojos, de no pensar, de soñar con una realidad mejor.

 Todos son distintos: no existe la idea de clase, no hay diferencia de edad, ni de raza, ni de credo. Todos amontonados conviven por un momento, conviven pero sin hablarse, sin decirse siquiera buen día o saludarse: empiezo a odiarlos. Empiezo a sentir odio por estas personas que no son amables, que me empujan, que no ayudan a los mayores ni a las mujeres que llevan un niño dentro de ellas, sí, los empiezo a detestar.

La angustia y el enojo son insoportables, debo irme de este horrendo lugar, debo salir, debo salir y ver la luz del sol de nuevo; pero no, no puedo, siento que no quieren que salga, no me dejan llegar a la salida: hacen como una barricada, un bloqueo humano para impedirme el paso. Debo salir a toda costa. Tengo que juntar fuerzas y conseguir llegar a la salida. Me aprietan demasiado ya, es insoportable. Por fin consigo las fuerzas necesarias, hago un esfuerzo sobrehumano, consigo llegar a los pequeños escalones de la puerta, salgo. Ya en el mundo exterior busco desesperadamente la luz del majestuoso sol que por esos momentos pasados fue lo que más ansié, pero no la encuentro.

Llueve, hay niebla, estoy en un lugar desconocido, un lugar donde no debía estar. Estas no son mis amadas calles. No veo el sol, me siento ajeno a este lugar.

 Estoy desesperado, pero aliviado a la vez, pero también preocupado, preocupado por las otras personas, por esas víctimas de ese horrendo lugar.

 Vuelvo sobre mis pasos, y pienso qué será de la vida de toda esa gente, que posiblemente no vuelva a ver nunca más en toda mi vida, pienso en sus vidas, en sus preocupaciones… sigo pensando, hasta que algo me interrumpe: es un sonido que sale de ese lugar. Sigo caminando, ya olvidándome de todo este suceso, me río de mi mismo, camino, y ese ruido que en algún momento me pareció aterrador ahora solo me resulta un poco molesto, me río.

Ese ruido, no es ni más ni menos que una bocina, la bocina del 60 que se aleja lentamente.


-Gente como uno-

18 febrero 2009


Cierto día primaveral, soleado y bello (pero intrascendente), un hombre también intrascendente (dentro de los cánones del prestigio social establecido y la llamada socialización exitosa, claro está) se disponía a hacer lo más intrascendente y superfluo referido a su intrascendente rutina: hacer tiempo.

Llegado el mediodía de aquel día reinante de intrascendencia la ciudad bautizada allá por mil ochocientos y pico como Adoquín empujaba a sus mal llamados vecinos a ejercer con la mayor eficacia y orden sus respectivos quehaceres y obligaciones, a fin de tener una armoniosa consciencia cívica y respeto institucional (pilares de la idiosincrasia de nuestra polis en cuestión, y en consecuencia de sus habitantes que a modo de loros parlanchines aceptaban como propios esos cánones impuestos desde afuera; sometimiento feliz).

En menester de que la excepción hace a la regla, nuestro hombre en cuestión, pretendía romper esa acotada posibilidad de acción: 45 minutos libres hasta el próximo mandato; está soleado, no hay trabajo pendiente, para el almuerzo faltan bastante…

Así fue como este individuo se dispuso a la osada empresa de malgastar el valioso tiempo que este mundo feliz le daba para satisfacer el aparato productivo en menester de sentarse, relajarse, ocupar una mesa al aire libre y tomar un refresco (quizás un vermouth con aceitunas, una gaseosa lima-limón o alguna bebida apetitosa para ir abriendo cancha y sentar las bases para el ahora infinitamente lejano almuerzo).

Así pues nuestro individuo en cuestión (el cual ya debe causar displacer, asco, y demás sentimientos negativos por su tan inescrupulosa osadía; por su infelicidad) hizo lo que quiso, y al grito de “¡mozo!” empezó a disfrutar de sus 40 minutos (los otros 5 los había malgastado mientras se debatía entre su parte más pasional y su mitad rectora y “legal” en pos de la decisión que igual ya había tomado de antemano, pero que esta sociedad perfecta provocaba en su endogenia) acompañado de esa bebida aperitiva proveniente de infusiones de  hierbas de tinte rojiza, con abundante hielo y aceitunas negras (si bien el negro en esta cultura invoca injustamente negatividad, maldad, etc., lo que a continuación se narrará es más oscuro que el lado oscuro de la luna..).

 

 

No hay que ser un lego para dar cuenta la reacción, la respuesta que la gente como uno tuvo ante semejante atropello a la razón: miradas amenazadoras, frases irreproduciles (“sátrapa”, “canalla”, “mal hijo”, y demás atrocidades) fueron invocadas ante este pobre infeliz, que nada más quería pasar su momento.

Pero, nuevamente, afirmando la excepción que hace a la regla, demostrando un total e impredecible forzamiento teórico, un error en el cálculo de nuestro maravilloso universo simbólico establecido (establishment), este individuo decidió de una vez por todas y para siempre estar en contra a toda esa masa amorfa de genteS: al llegar a su umbral de paciencia (tomando un análisis demasiado mecanicista de la conducta humana, pero que perfectamente servirá para explicar lo acontecido), procedió primero a lanzar, cual proyectiles mortales, los carozos que habían quedado como fósiles de sus recién degustadas aceitunas negras. Esto provocó un caos, un sentimiento de anonadamiento de la gente decente que tan, pero tan bien hacía en repudiar dicha vagancia (en ese contexto las leyes que combatían la vagancia seguían aún vigentes…). Las represalias no tardaron el llegar. Salivazos, lanzamiento de material numismático (que tanta falta hacía por esos días) estuvieron a la orden del día. El final trágico y exagerado, digno de película hollywoodense barata, no tardó en llegar.

Diversos móviles de exitosos y confiables magazines de noticias no tardaron en llevar a cabo la ardua y admirable tarea de informar, o confundir, al instante y con la mayor imparcialidad posible el suceso del día. La repercusión, claro está, fue magnánima por una sequía en lo que respecta a las noticias, por eso la primicia no tardó en ser de interés nacional; por H o por B, siempre existen períodos en los que solo sabemos acerca de nacimientos de 8 bebés mellizos o durante todo un día se repite la llegada del primer turista de la temporada a Mar del Plata. La crónica contada fue más o menos así: Hombre desquiciado (posiblemente prófugo de un hospicio neuropsiquiátrico) desata un escándalo a metros del Kempinsky Hotel en el micro centro porteño. Transeúntes del momento atestiguaron que utilizó cascotes con los cuales pretendía sacarle un ojo a todo aquel hombre de bien que circulaba por la ochava. No se tienen datos con respecto a su paradero, está prófugo y es peligros. CUIDADO!

 

¿Puede una acción tan simple, tan libre de complicaciones como hacer tiempo resultar nefasta para un simple e intrascendente buen hombre? ¿Es posible ir en contra de una corriente tan reaccionaria y salir victoriosos? (o por lo menos ileso).

Los finales felices gustan; nos gustan. Denotan un tinte de felicidad: el gol agónico del empate en el último minuto. Por eso, y en menester de dejar a toda la familia feliz, diremos que este buen hombre (“mal llamado buen”) pudo ser localizado, e insertado en un programa de rehabilitación para personas no aptas para la vida social, la vida socialmente correcta y establecida, sin capacidad de movilidad o tolerancia, impuesta, no cuestionada, y sobre todo sin consciencia de que todo lo creado, todo artefacto cultural conocido y usado fue creado por ellos, los hombres, y no por alguna entelequia superior o anterior a toda civilización.

Fue reeducado, y luego de una serie de modificaciones en sus lóbulos prefrontales (que lo dotaron de una hermosa sonrisa babeante permanente) pudo ser reinsertado.

Actualmente es un empleado modelo. Tiene una productividad ejemplar (su foto figura en el cuadrito de Empleado del Mes). Tiene esposa, hijos, suegra. Eligió una vida digna y correcta, con consciencia ciudadana: la intrascendencia ya no forma parte de su ser, todo lo trasciende, no tiene control de nada, pero eso sí: anda bien el muchacho eh…

 

 A veces tiene tiempo extra, tiempo de ocio, pero él, que es uno más, un parte dentro de la suma que hace a la estructura, lo pudo superar: en esos momentos desconecta su aparato creativo (muy emparentado con el sistema nervioso y emocional de cualquier individuo con medio dedo de frente) para poder simplemente hacer nada, hacer que lo constante siga siendo constante, que lo inmóvil siga siendo inmóvil, y que la trascendencia pierda contra la intrascendencia.

(Aunque ciertamente, ¡y por suerte!, no puede explicar un notorio gesto no-voluntario que se expresa como una leve mueca en su sonrisa, producido cada vez que observa alguna fonda o bar al aire libre en los cuales sus pizarras con las promociones dibujan algo como “Hoy, happy hour de aperitivos con aceitunas”).

 

***


Sobre la Esencia de -HACER TIEMPO-

18 febrero 2009

    Definámoslo como un momento. Una especie de hendidura, una grieta en el plano temporal. No juegan, de la forma en que lo hacen en los demás momentos, las horas, minutos y segundos: se comportan…raro.

"el tiempo es tirano" (?)

"el tiempo es tirano" (?)

 

¿Atadura?, ¿Dependencia acerca del acontecimiento consiguiente o próximo deber/quehacer?; todo lo contrario. El compromiso a futuro, el -mandado- pronto a realizar NO es el fin, SINO el medio (y como los legos afirman, el fin justifica los medios)…

Entonces, ¿qué es? Depende, en gran medida, de poder atender y asimilar el beneficio; de agradecer lo que se nos está poniendo de manifiesto a modo de obsequio (en “criollo”: ser menos medio pelo y tener más viveza). Entonces, y sólo de esa forma, se podrá abrazar a estas -anomalías de la rutina-, a estas fluctuaciones espacial-temporales, a estas “subjetividades objetivas” como lo que realmente son: bendiciones. Bendición de la realidad, posibilidad de escape, de ocio creativo, o simplemente de cosas más mundanas como <tengo tiempo y hago de él lo que se me da la gana sin culpa alguna> (expresión a la que se le debería escindir de sus espacios entre palabras para la formación de un vocablo que a mi humilde juicio debería incorporar la Academia).

Vamos concluyendo, por ende, al fin que este apartado quiera abordar para dar cuenta de ese fin (valga la redundancia, y más aún cuando de hacer tiempo se trata).

¿Qué es lo que sentimos? A saber: abstracción (conciente1), tranquilidad, congelamiento2: mirar desde la ventana del Café de turno, y cual observadores inmóviles percibir como todo se agita, como todo tiene una vida propia y que contrariamente no se está viendo; especie de estasis sensorial concentrada en un momento, nuestro momento.  Observar las miserias, el llamado stress y la -locura de cruzar mal-; mirar quietos, muy quietos y relajados para finalmente poder OBSERVAR, y no solamente mirar o ver.

Experiencia única: sensación de quietud, de ida de nuestro ser, PERO acompañada [esa ida o escapada] de esos arcaicos sentidos que este sistema -perfecto-, esta sociedad televisada (en vivo y directo los siete días de la semana) nos ha ido haciendo perder. Esos sentidos cuasi metafísicos, extra e inter sensoriales que nunca usamos se recobran, se vuelven a hacer propios.

Rebuscado, tal vez, resulte; podrían hacerse argumentos de que en la filosofía se encontrarían éstas habilidades, o demás cosas que el pensador de turno nos diría. Pero, nada más alejado.

 

Les propongo, entonces, que se hagan tiempo para poder hacer tiempo.

 

Abracen este momento como una comunión única, como un presente modesto, pero muy útil. Perciban en el hacer tiempo lo que tantos poetas, tangueros, pensadores (que sí pensaban), creadores anónimos y locos muy cuerdos percibieron durante sus experiencias urbanas, ruteras o en la frontera, qué es que en estos momentos de –ocio somático- (contraponiéndose al creativo, que tanto dio y dará de comer a escritores de “autoayuda”), en este disfrute inofensivo y responsable se concentra la tan alabada realización personal (o siendo más sinceros, algo más parecido a la saciedad luego de una sopa caliente en invierno).

Cafetín de Buenos Aires…” Ahí, en un banco de una plaza, en el andén del ferrocarril o subterráneo (dejando pasar de largo a los mismos sin cuidado alguno), apoyados en un cartel de calle de una esquina, en un paraje perdido en rutas interminables con horizonte infinito, en la humedad reconfortante del pasto bañado en Sol primaveral o en donde la imaginación llegue es el lugar indicado.

Sólo la combinación de la sabiduría natural de estas locaciones tan corrientes sumada a  la apropiación de este concepto esencial (fundamental para no morirse como -un pobre tipo-) posibilitarán lo divino (sin pretensiones de perfectibilidad3, claro está) de esta práctica.

Media hora alcanza, o tal vez menos.

¿Es mucho pedir?…

Ah, claro, llegarías tarde… te perderías el teleteatro de moda…

…Sentirías que tu tan preciado tiempo que cotiza en bolsa se malgasta en vicios mundanos

 

Si es así, hermano/a, no entendió  N A D A.

(Ojala que el agua estancada no lo ahogue)

 

 

Agregados conceptuales.

Cuasi-definiciones que, si bien no tienen el carácter o envergadura de conceptos (tampoco pretenden serlo…) son útiles para entender esta filosofía de lo más cotidiana, de esta cosmología del día a día destinada al disfrute, al goce no-paradójico.

 

***

(*1)- Sentir plenamente que nos vamos de nosotros mismos, que nos vamos más allá, bien lejos o acá a la esquina, pero que nos apartamos de nuestra dicotomía (tantas veces atacada) de res cogitans y res extensa; irnos por el hecho de irnos, intento de mirada desde afuera, desde afuera de nosotros mismos pero desde lo más adentro de nuestro ser: quizá todo esto sea exagerado, pero contemplar al –pobre tipo- que se angustia de muerte porque la luz de ese aparato moderador de coches no le fue favorable nos ayuda a, aunque sea, contrastar para marcar a qué NO debemos aspirar.

 

(*2)-  Me congelo, sí (pero no me da frío ni hipotermia). Ese congelamiento me permite romper mi cascarón (ahora endurecido y cediendo a las presiones internas) para poder irme de mi corteza somato sensitiva y jugar, tocar, oler y husmear en dominios ajenos a lo cognoscible; y además de mí se congela todo (aspecto interesante), lo que me permite descongelar a los otros seres/cosas para así poder luego mezclarnos en un uno, un otro, un algo, pero una unidad (y no unas partículas de las que tiene sentido su sumatoria y no el todo).

 

(*3)- La perfección, que Renato Descartes en su Argumento Ontológico puede ser imputada nada más que a través de la presencia y aceptación de un ser superior, Dios (ya que no podríamos tener la noción de lo perfecto por ser nosotros, humanos, y por ende no siendo capaces de alcanzar ese estado), no entra de ninguna manera en la esencia del hacer tiempo; es obvia la justificación, ya que si nosotros fuéramos perfectos, si nuestro tiempo fuera perfectamente calculado, si las distancias se resolvieran en perfectas ecuaciones, si la rutina no dejara lugar a errores prodecimentales NO tendríamos el lujo de estos momentos destinados al “ser-hacer-pensar-hacerpensando-ser yo mismo”.

 

[“mejor que decir es hacer”, está claro; pero mejor que eso es pensar y hacer cosas tal que el pensar salga del mundo de las ideas y se plasme en el hacer como constructo útil y servicial a una realidad que pretende efectivizarse como algo real, valga la redundancia]

 

***


¿El Malestar en la Cultura o La Cultura del Malestar?

18 febrero 2009

opuestas?

opuestas?

¿El Malestar en la Cultura o

La Cultura del Malestar?

 

 

 

 

 

 

Allá por el año 30’, Herr Doktor Sigmund Freud producía uno de sus escritos más maduros y “comprometidos”, titulado El Malestar en la Cultura.

Sin querer entrar de lleno a un análisis psicoanalítico profundo (ya que quién les escribe no es un erudito por el momento en el tema; y además no es el objetivo buscado) pretendo sí relacionar estos valiosísimos aportes que hablan de generalidades, con una presión cultural en particular: la propia, la de este aquí y ahora en la Argentina y “el Mundo” del nefasto postmodernismo. Y además, sentar las bases para que con más tiempo, esfuerzo y análisis se pueda, como Club, llegar a realizar desde un enfoque multidisciplinario una reflexión acerca de estas cuestiones fundamentales que involucran al conjunto social todo dentro de este “quiste” necesario (pero no por eso no-cuestionable) como lo es la Cultura *1.

Dentro de su frondosísima obra, este ensayo en particular se diferencia por tener muy presente un carácter filosófico (y si se quiere sociológico) además del enfoque psicoanalítico característico, ya que nos sitúa en el eterno conflicto o dicotomía individuo-sociedad (exigencias pulsionales Vs. restricciones impuestas por la cultura), argumentando que existe un malestar en los seres humanos propio del proceso cultural del cual son y serán atravesados.

Este malestar se pone de manifiesto en la insatisfacción que el hombre de la cultura [tomando a este término en un sentido amplio, abarcando todas las manifestaciones culturales en lo particular y general] sufre por la simple razón de que la misma debe controlar, restringir, repeler, reprimir, sofocar o aniquilar esos impulsos eróticos y agresivos (que aunque parecen contrarios, se verá que están íntimamente relacionados y que poseen casi idéntica génesis) para poder ser realizada, poder realizarse dentro (instauración de un Superyó que regle la moral y la culpa de los seres) y fuera de los individuos y llegar a hacerse indispensable, inherente y necesaria para convertir al humano en ser humano.

Para Freud, esta sofocación de las mociones pulsionales más puras, “innatas” y fuertes lo diferencian de ese hombre primitivo, “sin restricciones”; y le producen, entre otras cosas, la Neurosis *2 (expresión en síntoma de esta auto-represión impuesta y auto-impuesta).

Ya desde los orígenes de nuestra raza, en ese supuesto genético del Mito de la horda primitiva *3, para lograr la convivencia humana fue necesario pasar del poderío de una sola voluntad tirana (la de ese Padre o patriarca supremo) al poder de todos, al poder de la comunidad; es decir, que todos debieron sacrificar algo de sus instintos (a mi juicio, llegar al Bien Común): la cultura los restringió. O sea, los sacrificios colectivos a favor del tabú (regla auto impuesta y consensuada; por ej., la prohibición del incesto o “un contrato social”) posibilitaron instaurar esa autoridad suprema, superadora de todas las subjetividades (instauración del primer orden social).

O en palabras del autor: “El resultado último debe ser un derecho al que todos –al menos todos los capaces de vida comunitaria –hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie –con la excepción ya mencionada –pueda resultar víctima de la violencia bruta.” (Esto es, que no sobrevenga la “Ley del más fuerte”).

Curiosa pero a la vez obvia conclusión: pareciera que si seguimos este axioma llegaríamos a mostrar cómo la misma fuerza que nos oprime (véase, ese contrato social o “unión que hace la fuerza”) puede llegar a liberarnos, a realizarnos tanto como individuos o como sociedad… Que la enmienda del ser humano sea buscar un equilibrio entre las demandas individuales y las exigencias culturales de masa que le depare eso tan preciado y misterioso: la felicidad (pero no la expuesta por Palito Ortega, claro…).

 

[Movimientismo Vs. Individualismo]

 

¿Cómo encontrar esa felicidad en medio de una Cultura del Malestar? ¿Cómo encontrarla, teniendo en cuenta la existencia de una fuerza propia de la cultura y de los seres, que pretende “llevar todo hacia su situación originaria”, “hacia atrás”? (Pulsión de Muerte).

¿Cómo hacer que esa bendición que tienen los hombres parar reunirse en unidades cada vez mayores y ricas (Eros) pueda hacerle frente a semejante aluvión?

Y siguiendo este último enunciado de “esperanza”: ¡¡¡¿Cómo hacer para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos?!!!  (O al menos “amarlo como él te ama a ti”)

***

Con esto, indudablemente, diríamos: “Homo Homini Lupus”. En todo nuestro derecho: claramente debemos atribuirle al hombre una tremenda cuota de agresividad, de competencia y de demanda individualista (factor que perturba los vínculos interpersonales, desde luego).

¿Cómo “soportamos” esto? Pues bien, “la cultura a nuestro auxilio” (pero de forma paradójica): en vez de llevar a cabo una actitud “racional”, en vez de combatir esto por una vía que alivie al ser, realiza todo lo contrario: violencia para combatir la violencia. Nos expone a una agresión tanto más superior de la que nosotros mismos producimos, llevándonos a una consternación y a una solución que no soluciona nada. Consternación generada por la imposibilidad de descargar, de abreaccionar esa agresión por una vía “sana”, que nos da como resultado un incremento de la autodestrucción, o agresión hacia adentro, o si se quiere masoquismo (aquí es donde se ve esa íntima relación antes mencionada entre la agresión y lo sexual); o, en el caso opuesto, un incremento de las mociones sádicas o violentas hacia “el prójimo” (tanto peores que las -innatas-).

 

(¿No les resulta familiar este enunciado con numerosas campañas político-sociales basadas en la “mano dura” y compañía?)

 

…Y ahora bien, con este “alentador” panorama:

¿Cómo hacer para realizar la casi imposible (por no decir lisa y llanamente no-posible) tarea de buscar el placer y evitar el displacer?

En el texto, el autor distingue 3 fuentes del sufrimiento humano (resumidas brevemente): el poder de la naturaleza, la caducidad de nuestro cuerpo y nuestra insuficiencia para regular nuestras relaciones sociales. Las dos primeras, inevitables; no entendemos la tercera: ¿por qué la sociedad no nos procura satisfacción o bienestar? (de ahí la natural hostilidad hacia lo cultural).

 

“Hecha la Ley, hecha la Trampa”.  Creo que a modo de introducción, deberíamos plantearnos “qué trampas” hacerle a estas leyes culturales que nos oprimen; así como también indagar en el todo y en la suma de las partes (nosotros) acerca de actitudes como el conformismo, la obediencia, la sumisión, entre otras.

Sólo así, tal vez en algún momento tengamos “una cultura como la gente”, una cultura que nos posibilite lograr eso que los que saben siempre dicen: el equilibrio (o sinónimos como equidad, inclusión, igualdad, etc.).

No es menester de este, mi humilde texto, ni del texto del cual me inspiro criticar o demonizar a la cultura: la cultura no es algo ajeno o intocable para nosotros, los Homo Sapiens. Por el contrario, debemos poder tomar conciencia de que nuestras acciones y cambios moldean y moldearán a la cultura; indagando, daríamos cuenta de que parte de “lo siniestro” de las culturas es hacernos “olvidar” que fue la raza humana quién creó el mundo conocido, quién hizo tanto “lo bueno” como “lo malo” (ya que no hubo ningún ente superior que hizo o dejó de hacer los hechos y la historia).

Debemos saber, por último, que en esencia la Cultura es un proceso al servicio del Eros, el cual como se mencionó pretende reunir a los individuos aislados, para así lograr “la gran unidad”: La Humanidad. Y aunque aceptemos a la agresión como inherente al S.H. no por eso debemos resignarnos y no tratar de enmendar “este error de fábrica”, para así poder sortear ese sentimiento de culpa que nos procura menos felicidad, menos dicha. Y así, humildemente y de una vez por todas, hacer lo que decía el viejo Borges (con quién no comparto muchas cosas, pero sí esta frase): “mi único objetivo es ser feliz”

Julián Agustín Ferreyra

[j.A.f.]

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Notas.

 

(*1)Cultura: refiere el texto original al concepto en un sentido amplio; no da cuenta de la cultura en tanto y en cuanto a las manifestaciones culturales más conocidas (como podría ser el arte, la literatura, la música) sino al proceso socializador que hace al hombre ser un ser social, un ser que comparte, inventa y transmite saberes.

 

(*2)Neurosis: En esta obra se la concibe, a fines prácticos, como la lucha entre el interés de la autoconservación y las demandas de la libido, en el cual el Yo (o autoconservación) triunfa, pero paga un precio (el síntoma o formaciones sustitutivas de estas mociones sexuales-libidinales).

De aquí, otro dualismo fundamental para entender el análisis: Eros (extensión incesante, fuerza que acepta “los avatares de la vida” en pos de un camino “hacia adelante”) Vs. Pulsión de Muerte (que para hacer una comparación con lo político, pretende “conservar el status quo”; “ir hacia atrás”, “volver a lo inorgánico”).

 

(*3) Tótem y Tabú.

 

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Bibliografía.

 

FREUD, Sigmund: “El Malestar en la Cultura”, en Obras Completas, Amorrortu editores, tomo XXI.

 

Resumen de “El Malestar en la Cultura”, en http://www.geocities.com/psicoresumenes/Freud/freud3.htm